Coordinación de parentalidad: ¿más piscopatologización?

«El profesional de la coordinación de parentalidad ha de tener formación en psicología infantil, familiar, en técnicas de gestión de conflictos, en mediación, en el sistema legal familiar, en educación social e intervenciones sociales, al mismo tiempo que es importante la experiencia en parejas en crisis y dinámicas familiares». Pascual Ortuño, magistrado de la Audiencia de Barcelona.

Los pasados días 23 y 24 de noviembre tuvo lugar en Barcelona el I Congreso Internacional de Coordinación de Parentalidad (ver aquí noticia) organizado por ANCOPA (Asociación Nacional de Coordinación de Parentalidad a cuya Junta Directiva me honro en pertenecer junto a mis compañeras María Sacasas, Elisabet Guitart, Isabel Bujalance, Eva Fernández y Mercè Àlvarez). Por motivos personales graves no pude estar el día 23. Pero sí el 24. Tuve el placer de coordinar junto a Selene Gálvez una animada conversación abierta entre María Dolores Manzanera, Connie Capdevila, Flor Hoyos y Mercè Àlvarez acerca de “Diferencias y coincidencias entre profesionales de la coordinación de parentalidad. Mediación, Trabajo social, Educación social, Derecho, Psicología, Pedagogía. La función de los colegios y entidades profesionales”. Y más tarde pude asistir a un taller magníficamente facilitado y coordinado por Isabel Bujalance acerca de la formación del profesional en coordinación de parentalidad (CoPA, a partir de ahora).

Sin ánimo de generalizar ni de criticar, ni siquiera de opinar; pero sí de transmitir al papel alguna de mis impresiones como psicólogo, quiero comentar que ví algo que me alertó de manera significativa. Y ese algo es como una especie de tendencia por parte de algunos profesionales a psicopatologizar a las personas que participan en un proceso de coordinación de parentalidad. No a los profesionales, claro. Por ejemplo, en el área de formación se proponía y aplaudía que un buen profesional CoPA debería de partir de sólidos conocimientos en Psicopatología, Psicodiagnóstico, Tratamiento y así. No estoy de acuerdo en absoluto. No digo que no sea bueno que algo de esto “suene” al CoPA. Como me parece bien que le “suene” algo de Derecho Romano. Pero dar por sentado -como así pareció darse en algún momento- que las personas en proceso de coordinación de parentalidad están sujetas a algún tipo de psicopatología, enfermedad mental o similar, pues va a ser que no. El DSM[1] ya tiene bastantes apartados, ya.

Entiendo que los problemas graves en procesos de divorcio muy conflictivos (Sacasas y Guitart, 2015[2]) no obedecen a ningún tipo de trastorno, si no a un deterioro relacional entre sus protagonistas. Y eso no es ninguna patología. Aunque sí que está en el origen de la mayoría (por no decir todos) de los llamados trastornos mentales. Ese deterioro relacional tiene que ver con procesos fallidos de diálogo, emulando la propuesta del filósofo del lenguaje John Austin (1962[3]) cuando se refiere a los “actos de habla fallidos”.

El diálogo está en la base de toda relación humana. Si funciona, el resto de asuntos en que solemos estar inmersos en la cotidianeidad también funcionan, aunque cada asunto requiere formas de dialogar seguramente diferentes. Si falla, algunos (o muchos, como sería el caso de los diagnósticos de “trastorno mental grave” véase la “esquizofrenia” como ejemplo) fallan también. Esos fallos en el diálogo conducen a lo que yo llamo “pérdida del derecho a la palabra” (Seguí, 2015[4]). La persona se siente aislada, ninguneada, despreciada; procesos emocionales que pueden conducir a las llamadas depresiones, trastornos de ansiedad y otros. O a reacciones violentas. Por ejemplo, en las relaciones de pareja. Pero muy en especial en los hijos normalmente apartados de la toma de decisiones por las instituciones de gran Poder. La propia Familia, seguro, y también los Servicios sociales, la Psiquiatría, la Psicología, la Mediación, la Abogacía, la Justicia. ¿Dónde queda aquí la palabra, la voz, de esos chicos y chicas que no son proyectos de personas, si no personas por sí mismas y mismos; en sí mismas y mismos? Aunque estén atravesando procesos vitales especialmente delicados en comparación con otros más avanzados, por decirlo así (juventud, adultez, madurez); eso nunca lo negaré.

¿Cómo acercarnos a esas voces especialmente calladas, aisladas, ninguneadas, despreciadas en esos procesos tan complejos y delicados a que se refieren Sacasas y Guitart (2015)? ¿Piscopatologizándolos?

¿Cómo ayudar a esos niños y niñas (también a los padres y madres) a recuperar su derecho a la palabra? ¿Con un diagnóstico, por ejemplo, de Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH; tan de moda en nuestros contextos) y atiborrándoles a metilfenidato o anfetaminas[5]? ¿Aplicándoles rigurosas prácticas psicoconductuales que pueden llegar a rozar muchas veces la crueldad?

No me parecen oportunas estas soluciones. Espero que haya más gente que acuerde conmigo.

Y espero también que acuerden conmigo en lo que he dicho acerca del deterioro relacional y dialógico que se da en estos casos. Si es así, ¿cómo hacer para reconducir esas prácticas psicopatologizantes que rechazo de pleno?

No voy en este breve espacio a escribir un manual ni a describir un método, además de que ese no es mi estilo. Si mi propuesta del deterioro dialógico y relacional tiene algo de verosimilitud (no de verdad absoluta), entonces tenemos que volver a los fundamentos de lo que es la práctica dialógica y relacional. Tenemos que apreciar las narraciones del yo de las personas que participan en un proceso de coordinación de parentalidad; también las del CoPA. Tenemos que reconocer y valorar sus historias contadas por ellas mismas, a su manera; no a la de los manuales de psicopatología ni a la de las leyes del Código Civil. Y eso especialmente con los niños. Ver, observar, conversar, participar en sus juegos, en sus rabietas y alegrías, en sus lágrimas y risas, en sus caprichos y maldades. Colaborar en el redescubrimiento de sus recursos culturales. O en la creación de unos nuevos. Y eso vale también para los padres y las madres. Y para los y las adolescentes, por supuesto.

Durante el proceso tenemos que ampliar el espacio relacional, incluir no solo a la familia nuclear sino a cuantas más voces mejor. Todas ellas aportarán historias y narraciones que enriquezcan lo que ya creemos saber acerca del conflicto, que no es algo predeterminado ni mucho menos biológico, como ya he defendido en otros lugares[6]. Tenemos que horizontalizar la intervención profesional admitiendo que somos invitados al mismo tiempo que huéspedes (Anderson, 1997[7]) durante tan solo unos ratos en las vidas de las personas con quienes trabajamos.

Pido disculpas por la expresión “tenemos”. Yo no soy nadie para decir a nadie lo que “tiene” que hacer…

Y este escrito es de producción propia. No representa a persona o entidad más que a mis ideas. Si alguien quiere tirarme un tomate o un huevo, que me lo tire a mí y yo lo repartiré entre ellas (mis ideas). A nadie más, por favor.

¡Saludos!!!

 

 

 

Firmado:

Josep Seguí Dolz

Psicólogo social. Diploma en estudios avanzados (DEA; suficiencia investigadora en Psicología social). Postgrados en Estudios sociales y culturales y en Conflictos familiares y personales. Experiencia en gestión de conflictos en entornos laborales y familiares. Presidente de ENDIÁLOGO, Asociación Española de Prácticas Colaborativas y Dialógicas. Autor del libro Mentalidad humana. De la aparición del lenguaje a la psicología construccionista social y las prácticas colaborativas y dialógicas. Socio fundador de ANCOPA.

 

[1] Asociación de Psiquiatría Norteamericana (2014). DSM-5. Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Madrid: Asociación Médica Panamericana. Auténtica biblia del psicodiagnóstico.

[2] Sacasas, María y Guitart, Elisabet (2015). La Coordinación de Parentalidad. Cuando las familias ya no saben qué hacer. Barcelona: Huygens Editorial.

[3] Austin, John L. (1962). Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones. Barcelona: Paidós.

[4] Seguí Dolz, Josep (2015). Mentalidad humana. De la aparición del lenguaje a la psicología construccionista social y las prácticas colaborativas y dialógicas. Amazon CreativeSpace.

[5] Drogas psiquiátricas habitualmente utilizadas en este tipo de diagnóstico. Sus efectos son habitualmente euforizantes. No es objeto de este breve escrito entrar a analizarlos en profundidad.

[6] Seguí Dolz, Josep (2016). Estamos en guerra. De la biología de la violencia a la psicología social de la Paz. En Estrada Mesa, Ángela María y Buitrago Murcia, Catalina, Recursos psico-sociales para el post-conflicto. Ohio: Taos Institute Publications.

[7] Anderson, Harlene (1997). Conversation, Language, and Possibilities. A Post-modern Approach to Therapy. New York: Basic Books.

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